Palizas continuas, niñas que comen de restos, niños que trabajan 15 horas seguidas o padres que obligan a sus hijos a trabajar y además no son recompensados son algunas de las historias más vergonzosas que se dan en el mundo de hoy en día.
Varias ONG alertan de que aún en el siglo XXI millones de niños son esclavizados en el mundo y exigen a los gobiernos medidas para poder acabar con esta lacra, que es "causa y consecuencia de la pobreza".
La esclavitud infantil sigue vigente en todo el mundo, donde millones niños trabajan todavía en condiciones infrahumanas por un salario indigno. Cada uno de ellos arrastra una historia de dolor y sufrimiento, con el común denominador de haber sido arrancados de su tierna infancia para enfrentarse al lado más oscuro de la existencia.
Farras se convirtió en jefe de familia cargando ladrillos sobre su cabeza
Farras Khan Sinwari es uno de esos niños que no disfruta de uno de los derechos más básicos de la infancia: la educación. Farras trabaja, junto a sus dos hermanos de tan solo 2 y 3 años, en la fábrica de ladrillos de Karkla, a 15 kilómetros al este de Peshawar en Pakistán.
Farras ya en la preadolescencia, trabaja 12 horas seguidas fabricando y trasladando pilas de pesados ladrillos sobre su cabeza.
Sus hermanos, todavía unos bebés, son utilizados por su poco peso para girar los ladrillos sin deformarlos para que se aireen.
Hajira trabaja 14 horas diarias para comer cada dos días
Hajira, de 8 años, trabaja 14 horas diarias machacando viejas baterías hasta poder extraer la varilla de carbono para su reutilización en Dacca, capital de Bangladesh.
Familias enteras trabajan bajo una nube de polvo negro que lo invade todo.
La madre de Hajira consigue sacar y limpiar unas 3.000 varillas al día. El duro trabajo de una jornada les permite comer cada dos días.
Kong de 11 años, vive de lo que encuentra en un vertedero
Kong Siehar, de 11 años, trabaja rebuscando en un vertedero de Phnom Penh en Camboya entre nubes de moscas, aves rapaces, un hedor insoportable y gases tóxicos de los fuegos provocados para quemar los desechos. Niños de entre 7 y 11 años descalzos se afanan para conseguir entre la basura cualquier cosa susceptible de ser vendida. El salario no llega al medio euro diario cuando encuentran algo y consiguen compradores.
El nivel de dioxinas procedentes de la combustión química de la basura y los metales pesados hallados en el metabolismo de estos chicos es la causa del creciente número de cánceres detectados.
Carlos come sólo si encuentra esmeraldas
A miles de kilómetros de distancia, Carlos, de 12 años, trabaja con su hermana pequeña y su padre filtrando con pala y tamices desechos de las minas de Muzo, a 90 kilómetros al norte de Bogotá, capital de Colombia. Buscan lágrimas verdes de Kong: minúsculas esmeraldas o polvo de ellas que se han escapado del filtro de la mina.
No cobran por su trabajo, dependen de la suerte de encontrar alguna fracción de estas piedras preciosas.
Mohammad tiene dos trabajos y gana menos de un euro por día
Mohammad Faisal Hossain, de 12 años, vive en una barriada urbana en la capital de Bangladesh, Dhaka. Su madre, la hermana menor y el hermano dependen de él para obtener ingresos. Su padre les abandonó hace años.
“Yo realmente odio este trabajo. No hay nada que se pueda disfrutar con este trabajo –es muy peligroso. Yo podría morir algún día, mientras hago esto-, no hay seguridad. También me dan ganas de ir a la escuela. Quiero ir a la escuela como los demás niños. Pero mi madre no tiene la capacidad de pago de mis gastos de educación”, cuenta Mohammad, en un relato que conmueve.
Su madre, Rokhsana Begum solía trabajar como empleada doméstica, pero se enfermó y tuvo que abandonar el trabajo. “Ahora, simplemente no puedo permitirme que continúe sus estudios. Su padre nos dejó hace unos años. No tengo más remedio que mandarlo a trabajar”, explica.
El día de Mohammad se divide en un trabajo por la mañana en el que reparte periódicos en la calle y vende mermelada en las estaciones de tren y paradas de autobús local de Dhaka. Y otro otro trabajo por la tarde en el que se desempeña como ayudante en una pequeña empresa de transporte público. Se pasa la tarde anunciando los destinos y controlando los billetes de los pasajeros. Termina el día agotado y apenas ha logrado ganar menos de un euro.
Nagma cosía cuentas de vidrio y se convirtió en luchadora se los derechos del niño
Nagma tiene 15 años y hoy se ríe y disfruta con sus amigos en el colegio. Pero dos años atrás, la vida de esta niña de la India era completamente distinta. Pasaba seis horas al día cosiendo cuentas de vidrio en telas en vez de estudiar. Su sueldo, menos de un dólar por día, ayudaba a mantener a su familia.
Nagma no ha olvidado todo lo que vivió y por eso se ha convertido en una gran activista en la lucha contra el trabajo infantil. “Me gustaría decirles a todos los padres: no hagáis trabajar a vuestros hijos, hacedles estudiar como yo. Yo quiero tener éxito en la vida, y vuestros hijos también, para que mañana puedan ayudaros”, afirma.
Braulio fue apaleado en la mina cuando cayó enfermo
En La Rinconada, Perú, son muchos los niños que tienen un destino casi asegurado: trabajar en las minas. Braulio, de 14 años, es uno de ellos. Desde muy joven se dedicó a transportar pesadas cargas de mineral. Alternaba ese trabajo machacando piedras.
“Un día no me sentía bien, estaba muy cansado y me caí varias veces mientras trabajaba. A la salida de la mina mi carretilla se volcó y todo el mineral se cayó. El encargado me estaba mirando, y por ello me pateó duramente”, cuenta el joven peruano.
El padre de Nora permitió dos veces que fuera esclavizada
Nora ahora tiene 22 años y las carencias que ha tenido a lo largo de su vida dejan en evidencia que no se ha desarrollado correctamente. De muy niña, cuando su madre murió, se sintió abandonada por su padre, quien jamás se interesó por ella.
Un día, una mujer apareció en su casa en un pequeño pueblo de Marruecos y se la llevó sin ninguna explicación. Durante tres años la mantuvo cautiva como empleada doméstica, hasta que logró escapar. Sin embargo, el remedio fue peor que la enfermedad. Cuando se reencontró con su padre, éste la envió a trabajar con otra familia en Agadir, cerca de Marrakesch. Nora trabajo en una casa donde realizaba todas las tareas domésticas y cuidaba a los dos hijos de la familia.
Después de ésa, trabajó en otras siete viviendas y, cuenta, muchas veces intentaron abusar de ella. “Saben que si nos hacen algo no pasará nada, nadie dirá nada, no habrá juicio, ni quejas…”, explica.

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